jueves, 24 de octubre de 2013

El final del libro abierto

Las letras estremecieron su cuidada quietud mental. Los nervios llegaron después y la sensación incómoda de ansia latente se apoderó de él. Gradualmente la razón le llevó a un lugar inhóspito de desprecio. Ese escritor de mente enferma e inconexa. Vil encantador.

Rascó su frente, cerró los ojos con fuerza. Nada alivió ese inoportuno castigo. La oración había destrozado su bienestar como un rayo de tinieblas rompiendo un ambiente que pensaba seguro. “Eliminados sus afines, quiso morir”.

El sol se hizo oscuro como el mar algoso. La noche sin estrellas avanzaba sobre la luna y el suelo. La piedra de las paredes se hizo blanda. Quebraron las ventanas. “Eliminados sus afines, quiso morir”.


Sus rodillas cayeron al suelo. Las manos sangraban. Los cabellos se tiñeron de blanco pardo. Sus lágrimas permanecían flotando. “Eliminados sus afines, quiso morir”.


La ira le acompañó durante el tiempo en que recorrío la biblioteca. Como un errante agitado por un dolor solitario. Tirado en cualquier parte. Y nadie siente su aflicción. Fue un engaño. ¿“Eliminados sus afines, quiso morir”?.

Nunca.


Le había traicionado como se engaña a un pez para sacarlo del agua. Dibujó la trama con cuidado y maestría. Con sinuosas vertientes emocionantes. Con dramas que perturban. Sin donaire inarmónico. No hubo momento al aire. Todo verbo había sido milimétrico y calculado. Todo, menos el final. “Eliminados sus afines, quiso morir”.

Entonces tiró el libro abierto y lo pisó con saña. Todos se apartaron. Nadie se acerca a un demente ágil, y se hizo un vacío seco. No había aire. De repente faltó. Ausencia oportuna mientras se ahogaba impávido y frío. Así. Mejor. “Eliminados sus afines, quiso morir”.


Cayó al suelo haciendo un estentóreo ruído. La afrenta no era menor y ese sonido le pareció apropiado. Al lado de su cuerpo estaba el libro abierto. En la última página escrita pudo leer, de nuevo, ese final... Pero esta vez, ya en el suelo, ya fatigado, el final era distinto. “Eliminados sus afanes, quiso morir”.


Entonces comprendió todo. 


Un final majestuoso. 

Con pasión aplaudiría, pero era demasiado tarde.

viernes, 18 de enero de 2013

El instante


Meditabundo y ausente, en la orilla por la que avanzo me cerca una oscura figura que señaliza mi presencia. Quebrantando la ausencia, solicita mi atención. En su mundo soy algo y me pregunta el tiempo exacto de esta rara hora.

Marcha ahora inquieto, por delante y con su sombra que abriga los pasos lentos.

Lo alcanzo después, pero no recoge mi mirada. Quieto se queda esperando mi paso que adelanta su forma con miedo. Ahora cavilo en la muerte que acecha a mi espalda. Esa criatura nublosa y su sombra estéril, marcan mi nuca y nada más me queda.

Un tiempo tétrico en esta situación, y una blanca forma aparece en mi soslayo. Turbado espectro que agita sus piernas. Y son como una lejana celosía en movimiento. Fortaleza del flujo vivo.

Entonces, en esa instancia del tiempo brumoso, en este lugar que ahora poseo, alcanzo la perspectiva de una visión cercada: Hay un silente cuerpo negro a mi espalda y una blanca vida a mi frente.

Mientras, el desorden que pienso apunta el medio que soy, y desencaja mi instante.

Pasa ahora la sombra y su negra quietud. Briosa. Su avance acelerado simula el níveo paradigma, al que ahora tiende. En la forma nueva que elimina la amenaza, quedo detrás del momento. 

Ahora son los dos etéreos, y avanzan hasta desleírse. El áureo que embriaga al lúgubre.

Mientras quieto me muevo, demente presencio la amalgama de aquellos dos. 

Ahora que se funden. 

Como efímeros pasajeros de aquel instante.

domingo, 31 de julio de 2011

El Muerto


Aturdido escribo en esta noche conclusa de matices saturada, cuando observo alzando la vista al frente, destapando la oscuridad nublada del contraluz, en la cercana lejanía de la esquina, dos gotas luminosas que no caen. Desespero por enterdelas pausadas, suspendidas en el fondo negro de esta estancia.


Inclinando la mirada fija desde este triste rincón en desuso, acierto una presencia humana que fijamente observa.



Nada más que un rostro apenas esbozado en la adaptación del color ausente, que es la habitación. Y sacudido con un escalofrío, con el pasmo en la garganta, los ojos henchidos y rígido mi cuerpo, hago nada por hacer sin poder actuar. 

De lejos me cerca ensimismado, inmóvil, un hombre. Como un cuerpo muerto.

No relajo ni un centímetro y estremecido pienso ¿Esos ojos qué querrán?, y sin vacilar un momento, alzando el brazo encendido lentamente, como escuchando ese pensar silencioso, me señala de lejos apuntando. Con inquina recalca el lugar, el tiempo y su pasaje, que soy yo. Entonces aprieta también por dentro y me angustia asfixiando.

Ahora siento la fría amargura de la memoria, y cuando paralizado aplomo sobre el suelo, lo veo mirarme resentido mientras me ve morir. Sincopado, aprieto el pecho con fuerza insistente, y clamo por mi vida agonizando... Pero no cesa el demonio de apuntar hacia donde estoy, afligiendo... quemando... desgarrando...

Mi muerte desde la esquina mientras grito, ¡culpable! ¡canalla!



Resgun


Con extremidades minúsculas que cosquilleaban redundantes su interior, brotó desesperado al tiempo que su conciencia, y respiró por primera vez en su vida.

Antes, en la oscuridad de su nacimiento invertebrado, el gusano que fue, quebró su armonía con el pensamiento. Aquella retumbona procedencia, quejosa en su interior, empezó a someter con dolores mientras él se hacía paso entre la tierra rozante de la cueva -a impulso rastrero formada-.


 Le llegó de repente, pero no tomó conciencia de la singularidad hasta pasados los días. Notó después y hacia adelante, con el pensamiento abonando la inquietud de su adentro, el roce insensible del entorno, que se volvió luego más hiriente, friccionado hasta que la sangre incipiente quiso salir -como eso-.

Otro día percibió a un gusano en la lejanía de la tierra muerta que impertubado lo perseguía. ¡Uno más único! Pensó, -a pesar de su naturaleza-, pero lejos estaba aquel otro de ser pensante, cabilante o sensible... 


Aquel otro era, como todos, por estar.

Y cuando su cuerpo sangraba por la tierra y abultaba por los extremos hasta el límite de lo soportable, cuando aquella voz -que era la mente- le angustiaba a su arbitrio con la inclemencia de una salvaje bestia afilada e invisible, empezó a sentirse ahogado y sepultado bajo un manto de amarronada tierra de raices afiladas... Y sufría por salir de aquel infierno que fue su hogar.

Entonces sucedió que -arrastrado-, impulsaba naturalmente su desdicha corpórea hacia el exterior que intuía un poco más arriba. 


Y al fin, cuando aquella insufrible voz persistente desalentaba su empeño, cuando un incipiente morir nacía dentro de él, llegó a una superficie de aliento que -agonizante- recogió hacia su cuerpo desesperado y lo hizo suyo tomándolo sin cuestionarlo, como un cénit arrebatado.

¡Aire!


El esclavo

Sempronio Torrechón poco pudo aprender, desde su particular juicio, de quien encerrado aparecía.

Pasó en aquellos tiempos, y no fue de repente sino en la visible y agónica marcha intacta del tiempo vano, que la muchedumbre tentada en la que era, vició sus partes hacia un entender permisiblemente superior y colectivo. 

Disfrazadas verdades imposibles que aunaron las virtudes del verbo, evidenciaron también la cordura y feblitud de las gentes que, por su delicadeza, se confundieron relacionadas y se hicieron masa.

No quiso Sempronio participar de aquella buenaventura bondadosa de quejosas palabras salpicada... Cuerda que ataba, aquella cadena -entendía-, engrasada con vino agrio, era correa de mandamientos impuros que se harían insoportables para él.

No quiso Torrechón -afectado-, esa presunción de libertades vertidas con oralidad moral, con idealizada cadencia en el terso viento oxidado e inflexible -como un cartón de hierro secular, pensaba- que circundaba su clima. No la quiere.

¡Y fueron sus enemigos!

¡Y marcharon sus amigos!

¡Ay!, -reafirmados socios de libertarios poemas perennes-

Y Sempronio -primero en la masa-, esclavo de su razón, se fue quedando solo...

La Mundana

La mundana!, enjambrosa e inmetódica, se reinventa en el tiempo involuntaria. Es sin embargo la inquietud individual incrustada en la masa movible, cualidad virtuosa de personas como Sempiterno Augusto, plácido hombre de clarividencia que fue bastón de cojeras indecisas.

Sempiterno se hizo burgués por su natural talento que le permitía distinguir en todo singular acontecimiento y situación, lo accesorio de lo principal. Y no era vana la destreza por extraordinaria, sino por el bien que hacía. Profesiones de enjundias varias consultaban una concreta separación en cualquier asunto, negocio, trama o gestión.

- He aquí que esto es lo accesorio, y aquello otro... ¡lo principal!.

Congénita clarividencia que Sempiterno acompañaba con gusto, sin ser ello necesario -por accesorio-, de una calma afable y educada, una suerte de don para saber estar y decir.

Sempiterno, noble, negó desde el principio la posibilidad del rédito en el talento, y la consulta iba por las gracias despachadas con un sencillo gesto. Tratamiento altruista que deparó, sin embargo, mejor crédito y un gran número de nebulados en su día, regresaban otro cualquiera -ya compuestos de dicha y solución-, con abundantes agradecimientos provechosos.

Es por ello entonces que, sin buscarlo, Sempiterno se hizo el más rico de los burgueses del lugar, y la más noble de las personas del sitio.

Sempiterno Augusto... ¡qué de cerca veía el mundo!

Los hablantes tostados

Erasmo no los vio llegar y al fin acabaron con él, como si fuera papel.

Se adecentaron por lo bravo en su casa -hogar de nada hecho- y dos días después comenzaron a hablar. Conversaciones de lejos al principio, sinuosas frases contrariadas, perfectamente estructuradas como después adivinó. Serpenteantes uniones léxicas. 

Fueron de cerca después. 

Más nítidas.

Los hablantes tostados se ubicaron en la casa. Eran lejanos parientes de alguien a quien Erasmo no conocía. Pero lo eran y endiabladamente trazaron su estrategia. Sin mirar, hablar... Hablar, sin mirar. Eran gordas moles que apenas si conseguían distinguirse en humanos, y mordían en las carnes que para la cena disponían. De lejos nadie habría adivinado que eran hombres.

¡Cerdos gigantes!
¡Tal vez!

Por las noches comenzaban su discurso. Cada día uno diferente.

Hablaban tostadamente sobre cualquier asunto del universo. El moho de los hongos, o las patas de la araña. Cada noche. Una arena caída, un pájaro muerto. Cada noche... Un telar de la india o una cueva desafinada. ¡Cada insistente noche!.

Los parientes dormían por el día, pero el eco colgante, suspendido, recreaba aquellas voces que repetían la misma inalterada conversación anterior. Erasmo ensordecía los oídos al principio. Luego fue inútil. Ellas retumbaban en su dentro, como moscas pedregosas e incisivas. 

Una y otra vez...

Llegaba la noche al fin, y los cerdos hablantes tostados resolvían sus palabras nuevas con esmero. Un bombardino sucio o una lagartija, un cadáver flotante de dos metros o una hoja beata.

A Erasmo lo debilitaron en dos semanas, y en tres cayó por fín enfermo.

En su húmedo cuarto podía escuchar cada frase inmunda que vertían cadenciosa, hiperbolizada en su eco fantasmal. Aquellas palabras febriles penetraban en él como si fueran espectros de otro mundo y quemaban su interior. Voces que los hablantes no regulaban ni mutaban. Aquellos disponían la misma intensidad. 

Y hablaban...

Y hablaban...

Quedamente Erasmo padeció un calvario irremediable. Fue su historia una lenta marcha hacia la enfermedad mental.

Aquellos hablantes malditos lo estaban tostando.