viernes, 28 de marzo de 2014

Los muertos, el lugar y el tiempo

Aturdido en el suelo, muevo mi brazo intacto y el peso de mi cuerpo. Aquí hay molinos de viento en la tierra anclados e inmóviles al aire, como yo mismo. Todo es lento y pausado. También el tiempo. Inclino hacia un lado y al largo de un balanceo consigo adherir un pellizco de fuerza. Será suficiente cuando lo intente de nuevo.

Ahora.

Rozando el saliente de una piedra, en el alto de la montaña, perdido en la niebla espesa, colgando mi otro brazo, secos mis ojos y rotas mis vestiduras, estimulo por avanzar después de levantarme.

Era de día y había nubes en la tierra de ese otoño espeso. Apenas distanciaba la vista de dos pasos que enseñaban la tétrica imagen de las hélices paradas de los molinos enterrados. Como quietos fantasmas.

No entendía aún mi situación, pero el cielo quería atraparme y yo, inconsciente o aturdido, me hube sin razón y comencé a vagar torpemente. Me encontré en ese estático lugar en el que nada era familiar. Ni yo mismo. Me movía espesamente, como un gusano en el lodo. Como se habría movido un piojo sobre el baboso cuerpo de una larva. Rastreando sobre ese misterioso lugar en que me hallé.

Me detuve al sentirme observado y adiviné que el elambicado sopor del lugar, que aquella desgracia de sitio triste, escondía a alguien que me había descubierto y me fijaba. A mi derecha, en donde había una valla perdida y rota, detuve la vista esperando un moviento delator. Así me mantuve inexplicablemente parado. Observante durante minutos.

Muchos.

Quieto.

Imperturbable.

Al fin, un sutil movimiento a mi espalda que instintivamente sentí, me giró repentinamente. Entonces conocí que alguien más que yo estaba allí, oculto detrás de la calina espesa. Y así, el tiempo inerte pasó cauteloso, esperando que el velo blanco de la niebla descubriera esos ojos que sentía.

Sin duda.

Adiviné vagamente el dibujo de una lejana cara humana que desde la turbidez del ambiente me observaba.

Quieta.

Estática.

Aquella apariencia humana, silueta dibujada en la lejanía, se había detenido para observarme mientras la nebulosa la envolvía por momentos, haciéndola desaparecer. En ese tiempo muerto, la niebla era lo único que mustiamente se desplazaba.

Aquella descarriada visión me puso en alerta, como un atómata reflejo de defensa.

Un despojo de hombre me observa.

Tampoco parece que lleve equilibrio pero desconozco sus intenciones. Entonces fue que preparé mis rozantes cuerdas vocales, e inflando los pulmones que no siento dentro, pude balbucear dos indescifrables sonidos como los de un extraño animal salvaje. Luego vino un silencio y de nuevo la niebla, insistente, tejiendo su manto sobre la extraña figura.

Al poco sucedió un berrido de similar fonía y que respondía al ruído retumbante de mi aliento.

Interpreto ahora la visión de dos bestias que relacionaban su desdicha.

Siento mis pies inmóviles y la circulación helada, pero el instinto me impulsa a conocer la bestia, y me acerco. Lo hago lentamente, paso a paso y pierdo el equilibrio. Mi cuerpo cruje y aploma mi cabeza.

En cada paso...

Inmutable me observo a mi mismo. Mi ropa son arapos rasgados y malolientes. Uno de mis brazos llace casi inmóvil y apenas noto la caricia de un hilo de sangre recorriendo sin ansia las venas. Mis cortadas manos son heridas de sangre seca.Tres uñas que faltan a una de ellas y los dedos, en su lugar, enseñan la rojiza carne que me pertenece. A pesar de la horrenda visión, ningún pensamiento -ahora lo digo- hacía por entrar o salir de mi mente. Tan solo el firme y vigoroso empuje del instinto, que con vehemencia incitaba mis arbitrarios movimientos.

Desequilibrado.

Me dejo llevar con tormento al encuentro del espectro aquel que no me quita ojo de encima.

Cuando por fin alcanzo la distancia concreta en donde la niebla no impide reconocer su rostro, descubro su imagen sin atender sensación alguna a pesar de su estampa. Atrozmente la recuerdo.
Monstruo inimaginable.

Esbirro o masa semejante, por su forma, a la de una persona. Y tenía la mitad de su cabeza hundida con el cráneo a la vista partido en dos surcos y luego vertebrado en miles más finos. La piel le colgaba de la cara como derretida y sólo tenía un brazo.

Sin embargo, con todo el padecimiento que se antoja al verlo, su faz no era de dolor. No había dolor ni calvario ni un pulado de padecimiento humano.

Nada más que su ojos clavados en mi.

Quieto.

Quietos.

Observamos nuestra postura y situación, como si cada uno pretendiera reconocerse en el otro. Entonces vi mi reflejo del mismo modo que aquel percibía el suyo, y los dos nos adivinamos perdidos.

Enfrentados a esa espantosa realidad, nada más articulamos por unos segundos. Nos miramos, y tras unos momentos, él parece perder aquel interés que tras la niebla entendía mientras yo, ahora, padecía una nueva sensación de ardor interior, como si dentro prendiera de repente una incandescente llama eterna de fuerza quemante que se expandída desde el corazón por toda mi superficie. Pude aguantar un tiempo la sensación al principio más suave. Justo el necesario que me daba el instinto mientras aquel otro, desinteresado, desdibujaba su araposo cuerpo entre la niebla.

Allí se perdió, de nuevo.

Entumecido por los ardores, mi cuerpo se desvanece y de nuevo doy con mis huesos en el suelo. Allí me retuerzo mientras por primera vez matizo mi situación. No entiendo nada, pero empiezo a pensar, y eso era nuevo. Y mientras me esfuerzo en la inercia de recordar, respiro con fluidez aquella niebla y siento que los pulmones nacen vigorosos. Los ardores interiores disminuyen y noto los músculos de las extremidades que se vertebran con animosos impulsos que las sacuden, cada vez con más empeño.

Y siento que empiezo en el mundo.

Allí y entonces, con la espalda planeando el suave lecho de hierba, miro el cielo azul y el esplendoroso sol de otoño despojado de niebla, y también observo aquellas aspas como si fueran de un molino de viento, antes quietas e inertes, que ahora circundan al aire impetuosas y ligeras, como un infante en el campo libre de la vida. Y huelo a flor y a verde, a roca y aire, y una sensación de estraña complitud retira todos mis males recientes.

Seducido de este modo, me incorporo de nuevo con ansia y erguido advierto que en ese lugar ya no hay bruma y todo es claro.

Pero la bestia sigue aquí. Ahora, muy nítida.

Y marca mi figura entre las flores primaverales y a unos metros de distancia. A su espalda, una valla de alambre que se cierra sobre si misma nos engulle dentro cercándonos a los dos.

Aquel efímero instante de paz tranquila se esfumó, y descubro la nueva situación.

Él y yo mismo, atrapados.

Me angustian las desconocidas razones que me han llevado hasta allí. No alcanzo todavía un último recuerdo en libertad, pero tengo evocaciones vagas de mi anterior vida. Y entonces descubro mi nombre que vuelve restituyéndome la identidad. Aturdido, recuerdo también lo inmediato y fijo la mirada en la bestia, que parece más horrible todavía. El instinto, ahora, significa su presencia hostil.

Percibo una obsesión.

Aquel alerta las orejas como un perro antes de morder y murmura rugidos de animal mientras aprieta sus ojos clavados en los míos. Adelanto la inminencia de un ataque repentino y preparo la estrategia que ha de seguir a mi reacción. Miro a mi alrededor y veo las piedras que me servirán de arma. A mis pies. Mantengo alerta sin moverme para que no intuya mis intenciones. Solo tengo piedras, pero son muchas.

Y cuando la bestia inicia su camino de agresión, veo que cae como una masa cualquiera.

Como yo lo hice antes.

Se levanta de nuevo, gimiendo como agonizando pero resuelto a atacarme. Como un perro sarnoso. Y cogo una piedra porque quiere morderme, y aunque lucha contra su situación patética de hombre quebrado -como yo, reitero, lo hice antes, cuando era como el-, su instinto es firme. Quiere morderme y no tengo alternativa. Involuntariamente me lleno de compasión antes de lanzar la primera piedra, que impacta en su ojo derecho desgarrando parte de su piel..

Vuelve a caer pero de nuevo consigue incorporarse. Se mueve torpemente y entonces entiendo que nada hay que le detenga. Soy su objetivo y mi muerte su salvación, igual que comprendo que la suya es la mía y lanzo más piedras a discreción que impactan en todo su cuerpo blando y secretante, produciéndole daños visibles y seccionando parte de su piel y residuos de su carne blanca. Cae de nuevo e intenta levantarse, pero sus piernas ceden y no puede. Ahora pretende arrastrarse.

Y cuando aquella masa deslizante, como un gusano feroz, quiere invadir mi propio cuerpo, porque ya no es como el, a menos de un metro de distancia de mi, su cabeza se rompe mientras una voz familiar pronuncia mi nombre.

- Pensamos que ya no había remedio para tí.