Con extremidades minúsculas que cosquilleaban redundantes su interior, brotó desesperado al tiempo que su conciencia, y respiró por primera vez en su vida.
Antes, en la oscuridad de su nacimiento invertebrado, el gusano que fue, quebró su armonía con el pensamiento. Aquella retumbona procedencia, quejosa en su interior, empezó a someter con dolores mientras él se hacía paso entre la tierra rozante de la cueva -a impulso rastrero formada-.
Le llegó de repente, pero no tomó conciencia de la singularidad hasta pasados los días. Notó después y hacia adelante, con el pensamiento abonando la inquietud de su adentro, el roce insensible del entorno, que se volvió luego más hiriente, friccionado hasta que la sangre incipiente quiso salir -como eso-.
Otro día percibió a un gusano en la lejanía de la tierra muerta que impertubado lo perseguía. ¡Uno más único! Pensó, -a pesar de su naturaleza-, pero lejos estaba aquel otro de ser pensante, cabilante o sensible...
Aquel otro era, como todos, por estar.
Y cuando su cuerpo sangraba por la tierra y abultaba por los extremos hasta el límite de lo soportable, cuando aquella voz -que era la mente- le angustiaba a su arbitrio con la inclemencia de una salvaje bestia afilada e invisible, empezó a sentirse ahogado y sepultado bajo un manto de amarronada tierra de raices afiladas... Y sufría por salir de aquel infierno que fue su hogar.
Entonces sucedió que -arrastrado-, impulsaba naturalmente su desdicha corpórea hacia el exterior que intuía un poco más arriba.
Y al fin, cuando aquella insufrible voz persistente desalentaba su empeño, cuando un incipiente morir nacía dentro de él, llegó a una superficie de aliento que -agonizante- recogió hacia su cuerpo desesperado y lo hizo suyo tomándolo sin cuestionarlo, como un cénit arrebatado.
¡Aire!
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