Erasmo no los vio llegar y al fin acabaron con él, como si fuera papel.
Se adecentaron por lo bravo en su casa -hogar de nada hecho- y dos días después comenzaron a hablar. Conversaciones de lejos al principio, sinuosas frases contrariadas, perfectamente estructuradas como después adivinó. Serpenteantes uniones léxicas.
Fueron de cerca después.
Más nítidas.
Fueron de cerca después.
Más nítidas.
Los hablantes tostados se ubicaron en la casa. Eran lejanos parientes de alguien a quien Erasmo no conocía. Pero lo eran y endiabladamente trazaron su estrategia. Sin mirar, hablar... Hablar, sin mirar. Eran gordas moles que apenas si conseguían distinguirse en humanos, y mordían en las carnes que para la cena disponían. De lejos nadie habría adivinado que eran hombres.
¡Cerdos gigantes!
¡Tal vez!
Por las noches comenzaban su discurso. Cada día uno diferente.
Hablaban tostadamente sobre cualquier asunto del universo. El moho de los hongos, o las patas de la araña. Cada noche. Una arena caída, un pájaro muerto. Cada noche... Un telar de la india o una cueva desafinada. ¡Cada insistente noche!.
Los parientes dormían por el día, pero el eco colgante, suspendido, recreaba aquellas voces que repetían la misma inalterada conversación anterior. Erasmo ensordecía los oídos al principio. Luego fue inútil. Ellas retumbaban en su dentro, como moscas pedregosas e incisivas.
Una y otra vez...
Una y otra vez...
Llegaba la noche al fin, y los cerdos hablantes tostados resolvían sus palabras nuevas con esmero. Un bombardino sucio o una lagartija, un cadáver flotante de dos metros o una hoja beata.
A Erasmo lo debilitaron en dos semanas, y en tres cayó por fín enfermo.
En su húmedo cuarto podía escuchar cada frase inmunda que vertían cadenciosa, hiperbolizada en su eco fantasmal. Aquellas palabras febriles penetraban en él como si fueran espectros de otro mundo y quemaban su interior. Voces que los hablantes no regulaban ni mutaban. Aquellos disponían la misma intensidad.
Y hablaban...
Y hablaban...
Y hablaban...
Quedamente Erasmo padeció un calvario irremediable. Fue su historia una lenta marcha hacia la enfermedad mental.
Aquellos hablantes malditos lo estaban tostando.
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