Meditabundo y ausente, en la orilla por la que avanzo me cerca una oscura figura que señaliza mi presencia. Quebrantando
la ausencia, solicita mi atención. En su mundo soy algo y me
pregunta el tiempo exacto de esta rara hora.
Marcha ahora inquieto, por delante y
con su sombra que abriga los pasos lentos.
Lo alcanzo después, pero no recoge mi
mirada. Quieto se queda esperando mi paso que adelanta su forma con
miedo. Ahora cavilo en la muerte que acecha a mi espalda. Esa criatura nublosa y su sombra estéril, marcan mi nuca y nada más me queda.
Un tiempo tétrico en esta
situación, y una blanca forma aparece en mi soslayo. Turbado
espectro que agita sus piernas. Y son como una lejana celosía en
movimiento. Fortaleza del flujo vivo.
Entonces, en esa instancia del tiempo
brumoso, en este lugar que ahora poseo, alcanzo la perspectiva de una
visión cercada: Hay un silente cuerpo negro a mi espalda y una
blanca vida a mi frente.
Mientras, el desorden que pienso apunta el medio que soy, y desencaja mi instante.
Pasa ahora la sombra y su negra
quietud. Briosa. Su avance acelerado simula el níveo paradigma, al que
ahora tiende. En la forma nueva que elimina la amenaza, quedo detrás
del momento.
Ahora son los dos etéreos, y avanzan hasta desleírse. El áureo que embriaga al lúgubre.
Ahora son los dos etéreos, y avanzan hasta desleírse. El áureo que embriaga al lúgubre.
Mientras quieto me muevo, demente
presencio la amalgama de aquellos dos.
Ahora que se funden.
Como efímeros pasajeros de aquel instante.
Ahora que se funden.
Como efímeros pasajeros de aquel instante.