Las letras
estremecieron su cuidada quietud mental. Los nervios llegaron después
y la sensación incómoda de ansia latente se apoderó de él.
Gradualmente la razón le llevó a un lugar inhóspito de desprecio.
Ese escritor de mente enferma e inconexa. Vil encantador.
Rascó su frente, cerró los ojos con fuerza. Nada alivió ese
inoportuno castigo. La oración había destrozado su bienestar como
un rayo de tinieblas rompiendo un ambiente que pensaba seguro.
“Eliminados sus afines, quiso morir”.
El sol se hizo oscuro como el mar algoso. La noche sin estrellas avanzaba sobre la luna y el suelo. La piedra de las paredes se hizo blanda. Quebraron las ventanas. “Eliminados sus afines, quiso morir”.
Sus rodillas cayeron al suelo. Las manos sangraban. Los cabellos se tiñeron de blanco pardo. Sus lágrimas permanecían flotando. “Eliminados sus afines, quiso morir”.
La ira le acompañó durante el tiempo en que recorrío la
biblioteca. Como un errante agitado por un dolor solitario. Tirado en
cualquier parte. Y nadie siente su aflicción. Fue un engaño. ¿“Eliminados sus afines, quiso morir”?.El sol se hizo oscuro como el mar algoso. La noche sin estrellas avanzaba sobre la luna y el suelo. La piedra de las paredes se hizo blanda. Quebraron las ventanas. “Eliminados sus afines, quiso morir”.
Sus rodillas cayeron al suelo. Las manos sangraban. Los cabellos se tiñeron de blanco pardo. Sus lágrimas permanecían flotando. “Eliminados sus afines, quiso morir”.
Nunca.
Le había traicionado como se engaña a un pez para sacarlo del agua. Dibujó la trama con cuidado y maestría. Con sinuosas vertientes emocionantes. Con dramas que perturban. Sin donaire inarmónico. No hubo momento al aire. Todo verbo había sido milimétrico y calculado. Todo, menos el final. “Eliminados sus afines, quiso morir”.
Entonces tiró el libro abierto y lo pisó con saña. Todos se apartaron. Nadie se acerca a un demente ágil, y se hizo un vacío seco. No había aire. De repente faltó. Ausencia oportuna mientras se ahogaba impávido y frío. Así. Mejor. “Eliminados sus afines, quiso morir”.
Cayó al suelo haciendo un estentóreo ruído. La afrenta no era menor y ese sonido le pareció apropiado. Al lado de su cuerpo estaba el libro abierto. En la última página escrita pudo leer, de nuevo, ese final... Pero esta vez, ya en el suelo, ya fatigado, el final era distinto. “Eliminados sus afanes, quiso morir”.
Entonces comprendió todo.
Un final majestuoso.
Con pasión aplaudiría, pero era demasiado tarde.
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