Aturdido
en el suelo, muevo mi brazo intacto y el peso de mi cuerpo. Aquí hay
molinos de viento en la tierra anclados e inmóviles al aire, como yo
mismo. Todo es lento y pausado. También el tiempo. Inclino hacia un
lado y al largo de un balanceo consigo adherir un pellizco de fuerza.
Será suficiente cuando lo intente de nuevo.
Ahora.
Rozando
el saliente de una piedra, en el alto de la montaña, perdido en la
niebla espesa, colgando mi otro brazo, secos mis ojos y rotas mis
vestiduras, estimulo por avanzar después de levantarme.
Era
de día y había nubes en la tierra de ese otoño espeso. Apenas distanciaba
la vista de dos pasos que enseñaban la tétrica imagen de las
hélices paradas de los molinos enterrados. Como quietos fantasmas.
No
entendía aún mi situación, pero el cielo quería atraparme y yo,
inconsciente o aturdido, me hube sin razón y comencé a vagar
torpemente. Me encontré en ese estático lugar en el que nada era
familiar. Ni yo mismo. Me movía espesamente, como un gusano en el
lodo. Como se habría movido un piojo sobre el baboso cuerpo de una
larva. Rastreando sobre ese misterioso lugar en que me hallé.
Me
detuve al sentirme observado y adiviné que el elambicado sopor del lugar, que aquella desgracia de
sitio triste, escondía a alguien que me había descubierto y me
fijaba. A mi derecha, en donde había una valla perdida y rota, detuve la vista esperando un moviento delator. Así me
mantuve inexplicablemente parado. Observante durante minutos.
Muchos.
Quieto.
Imperturbable.
Al
fin, un sutil movimiento a mi espalda que
instintivamente sentí, me giró repentinamente. Entonces conocí que
alguien más que yo estaba allí, oculto detrás de la calina espesa.
Y así, el tiempo inerte pasó cauteloso, esperando que el velo
blanco de la niebla descubriera esos ojos que sentía.
Sin
duda.
Adiviné
vagamente el dibujo de una lejana cara humana que desde la turbidez
del ambiente me observaba.
Quieta.
Estática.
Aquella
apariencia humana, silueta dibujada en la lejanía, se había
detenido para observarme mientras la nebulosa la envolvía por
momentos, haciéndola desaparecer. En ese tiempo muerto, la niebla
era lo único que mustiamente se desplazaba.
Aquella
descarriada visión me puso en alerta, como un atómata reflejo de
defensa.
Un
despojo de hombre me observa.
Tampoco
parece que lleve equilibrio pero desconozco sus intenciones. Entonces
fue que preparé mis rozantes cuerdas vocales, e inflando los
pulmones que no siento dentro, pude balbucear dos indescifrables
sonidos como los de un extraño animal salvaje. Luego vino un
silencio y de nuevo la niebla, insistente, tejiendo su manto sobre la
extraña figura.
Al
poco sucedió un berrido de similar fonía y que respondía al ruído
retumbante de mi aliento.
Interpreto
ahora la visión de dos bestias que relacionaban su desdicha.
Siento
mis pies inmóviles y la circulación helada, pero el instinto me
impulsa a conocer la bestia, y me acerco. Lo hago lentamente, paso a
paso y pierdo el equilibrio. Mi cuerpo cruje y aploma mi cabeza.
En
cada paso...
Inmutable
me observo a mi mismo. Mi ropa son arapos rasgados y malolientes. Uno
de mis brazos llace casi inmóvil y apenas noto la caricia de un hilo
de sangre recorriendo sin ansia las venas. Mis cortadas manos son
heridas de sangre seca.Tres uñas que faltan a una de ellas y los
dedos, en su lugar, enseñan la rojiza carne que me pertenece. A
pesar de la horrenda visión, ningún pensamiento -ahora lo digo-
hacía por entrar o salir de mi mente. Tan solo el firme y vigoroso
empuje del instinto, que con vehemencia incitaba mis arbitrarios
movimientos.
Desequilibrado.
Me
dejo llevar con tormento al encuentro del espectro aquel que no me
quita ojo de encima.
Cuando
por fin alcanzo la distancia concreta en donde la niebla no impide
reconocer su rostro, descubro su imagen sin atender sensación alguna
a pesar de su estampa. Atrozmente la recuerdo.
Monstruo
inimaginable.
Esbirro
o masa semejante, por su forma, a la de una persona. Y tenía la
mitad de su cabeza hundida con el cráneo a la vista partido en dos
surcos y luego vertebrado en miles más finos. La piel le colgaba de
la cara como derretida y sólo tenía un brazo.
Sin
embargo, con todo el padecimiento que se antoja al verlo, su faz no
era de dolor. No había dolor ni calvario ni un pulado de
padecimiento humano.
Nada
más que su ojos clavados en mi.
Quieto.
Quietos.
Observamos
nuestra postura y situación, como si cada uno pretendiera
reconocerse en el otro. Entonces vi mi reflejo del mismo modo que
aquel percibía el suyo, y los dos nos adivinamos perdidos.
Enfrentados
a esa espantosa realidad, nada más articulamos por unos segundos.
Nos miramos, y tras unos momentos, él parece perder aquel interés
que tras la niebla entendía mientras yo, ahora, padecía una nueva
sensación de ardor interior, como si dentro prendiera de repente una
incandescente llama eterna de fuerza quemante que se expandída desde
el corazón por toda mi superficie. Pude aguantar un tiempo la
sensación al principio más suave. Justo el necesario que me daba el
instinto mientras aquel otro, desinteresado, desdibujaba su araposo
cuerpo entre la niebla.
Allí
se perdió, de nuevo.
Entumecido
por los ardores, mi cuerpo se desvanece y de nuevo doy con mis huesos
en el suelo. Allí me retuerzo mientras por primera vez matizo mi
situación. No entiendo nada, pero empiezo a pensar, y eso era nuevo.
Y mientras me esfuerzo en la inercia de recordar, respiro con fluidez
aquella niebla y siento que los pulmones nacen vigorosos. Los ardores
interiores disminuyen y noto los músculos de las extremidades que se
vertebran con animosos impulsos que las sacuden, cada vez con más
empeño.
Y
siento que empiezo en el mundo.
Allí
y entonces, con la espalda planeando el suave lecho de hierba, miro
el cielo azul y el esplendoroso sol de otoño despojado de niebla, y
también observo aquellas aspas como si fueran de un molino de
viento, antes quietas e inertes, que ahora circundan al aire
impetuosas y ligeras, como un infante en el campo libre de la vida. Y
huelo a flor y a verde, a roca y aire, y una sensación de estraña
complitud retira todos mis males recientes.
Seducido
de este modo, me incorporo de nuevo con ansia y erguido advierto que
en ese lugar ya no hay bruma y todo es claro.
Pero
la bestia sigue aquí. Ahora, muy nítida.
Y
marca mi figura entre las flores primaverales y a unos metros de
distancia. A su espalda, una valla de alambre que se cierra sobre si
misma nos engulle dentro cercándonos a los dos.
Aquel
efímero instante de paz tranquila se esfumó, y descubro la nueva
situación.
Él
y yo mismo, atrapados.
Me
angustian las desconocidas razones que me han llevado hasta allí. No
alcanzo todavía un último recuerdo en libertad, pero tengo
evocaciones vagas de mi anterior vida. Y entonces descubro mi nombre
que vuelve restituyéndome la identidad. Aturdido, recuerdo también
lo inmediato y fijo la mirada en la bestia, que parece más horrible
todavía. El instinto, ahora, significa su presencia hostil.
Percibo
una obsesión.
Aquel
alerta las orejas como un perro antes de morder y murmura rugidos de
animal mientras aprieta sus ojos clavados en los míos. Adelanto la
inminencia de un ataque repentino y preparo la estrategia que ha de
seguir a mi reacción. Miro a mi alrededor y veo las piedras que me
servirán de arma. A mis pies. Mantengo alerta sin moverme para que
no intuya mis intenciones. Solo tengo piedras, pero son muchas.
Y
cuando la bestia inicia su camino de agresión, veo que cae como una
masa cualquiera.
Como
yo lo hice antes.
Se
levanta de nuevo, gimiendo como agonizando pero resuelto a atacarme.
Como un perro sarnoso. Y cogo una piedra porque quiere morderme, y
aunque lucha contra su situación patética de hombre quebrado -como
yo, reitero, lo hice antes, cuando era como el-, su instinto es
firme. Quiere morderme y no tengo alternativa. Involuntariamente me
lleno de compasión antes de lanzar la primera piedra, que impacta en
su ojo derecho desgarrando parte de su piel..
Vuelve
a caer pero de nuevo consigue incorporarse. Se mueve torpemente y entonces entiendo que nada
hay que le detenga. Soy su objetivo y mi muerte su salvación, igual
que comprendo que la suya es la mía y lanzo más piedras a
discreción que impactan en todo su cuerpo blando y secretante,
produciéndole daños visibles y seccionando parte de su piel y
residuos de su carne blanca. Cae de nuevo e intenta levantarse, pero
sus piernas ceden y no puede. Ahora pretende arrastrarse.
Y
cuando aquella masa deslizante, como un gusano feroz, quiere invadir
mi propio cuerpo, porque ya no es como el, a menos de un metro de
distancia de mi, su cabeza se rompe mientras una voz familiar
pronuncia mi nombre.
-
Pensamos que ya no había remedio para tí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario