Herman Algaravio se resiste al vestido que imponen los tiempos y los fuertes. Se resiste a su pesar y con la desgracia acompañada de parecer un perturbado. ¿Lo está?. Algaravio reconduce los acontecimientos a un lugar que piensa como núcleo o foco convencional, artificioso o provocado.
Algaravio, loco no está aparentemente. Razona en la conversación moderado pero al punto de la pasión. Conoce los tiempos y la entonación, la forma incluso de la cadencia conversacional y ese talento lo asume en parte gracias a su capacidad de análisis, concentración y mejora.
Aplicado racionalista, teje su manera de estar en el mundo en base al principio de acción y reacción. Estudia modos de hablar. Acciona su jornada al hablar en modos diferentes y las reacciones le devuelven el dato de estudio y análisis que le hace filtrar y seleccionar para comenzar, mañana, un nuevo día aplicado.
Algaravio. Que pierde sin embargo la gracia con el estudio y eso lo sume en quebrantos.
Hermán Algaravio inspira y no se atreve, aún, a revelar sus pensamientos por temor a la locura social. Algaravio sabe que no está loco pero conoce a la masa estandarizada. Es sencillo con haber pertenecido a ella. Feliz entiende que sería siendo masa. Más feliz, pero menos él. Por ello no dice nada. Calla. Pero conoce el centro de los acontecimientos. Todo le conduce a un lugar. Duda, ¡claro!, en la equivocación, pero vuelve al análisis somero y concentra el devenir en un lugar. Sin embargo no dice nada. Calla y piensa en las pervertidas letras que se escriben. Piensa entonces en las adoctrinantes lecturas que hacen la historia, aunque no sea.
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